miércoles, 27 de abril de 2016

Cuento para el Héroe

No muy lejos  del colegio, en una casa muy bonita que hacía esquina sobre la calle, vivía el perro más bonito de toda la ciudad. Era absolutamente espectacular, con un precioso pelaje blanco y gris y con ojos muy azules, casi grises, de mirada acerada. Solía reposar en una esquina, justo en la parte más alta del jardín y cerca de la calle, desde dónde le gustaba ver a todos los que pasaban.

Pero era el terror de todos los chavales del barrio.

Ladraba fieramente a todos los que se acercaban, aunque fuera por la acera de enfrente. Y si te acercabas más, llegando cerca de la verja empezaba a intentar saltar la valla dando bocados al aire a diestro y siniestro intentando alcanzarte. Cuentan incluso que una vez un cartero nuevo entró a entregar una carta, y se llevó un buen bocado en el tobillo. Y le tenía una especial manía a los camiones del butano, que tenían la fea costumbre de subir la cuesta tocando el claxon con gran escandalera.

Los chicos del cole cercano sabían de su mal genio. Y les gustaba ponerlo nervioso para ver como se enfadaba cada vez que se acercaban. Aunque, la verdad sea dicha, tampoco hacía falta mucho esfuerzo para hacerlo enfadar.

Y entre todos, al que mas le gustaba provocarlo era un niño que se llamaba X. Era un niño faltón y provocador, de esos que no le gustan nada a los padres porque siempre andaba metiéndose en líos. Se enfadaba con mucha facilidad, y a menudo discutía con los profesores o con las compañeros por cuestiones sin importancia. A pesar de su poca edad, no admitía que nadie mandara en su vida. Y le gustaba ser el más chulo del colegio. Pero, a pesar de esto, no era totalmente impopular. Su atrevimiento, valentía y fuerza era tal que en los juegos de peleas, siempre era capaz de ganar a todos. Y además, protegía  a los niños más pequeños del colegio, y si conseguías llegar a ser su amigo, podías considerarte seguro frente a cualquier otro.

Un buen día, X y sus compañeros volvían del colegio discutiendo sobre quién era más valiente.
X, al divisar al perro en lo alto, les dijo a sus compañeros.
-¿A que no os atrevéis a entrar en la casa del perro?.

Todos los compañeros miraron a X, mandándole un mensaje con la mirada - ni se te ocurra, le decían-. Y empezaron a decirle que estaba loco, que ese perro es muy peligroso, y un largo etcétera de razones por las que no era buena idea.

X, sintiéndose ofendido por el rechazo de su idea, en un arranque de cólera del que ni el mismo fue consciente, gritó, ¡Dejadme en paz, imbéciles! y salió corriendo hacia la casa, saltando la valla por el lugar opuesto al que estaba el perro.

La reacción del perro fue tan violenta y exagerada que el mismo X se asustó por primera vez en su vida.

Los ladridos, aullidos y saltos parecían llenar el vecindario sin interrupción. Para mayor susto, un hombre mayor, casi anciano, salió de la casa armado con un palo y una actitud extremadamente beligerante gritando;

 !Que pasa aqui¡ ¿Que está pasando?. Voy a llamar a la Policía...

La sola mención de la policía hizo que todos los compañeros del Colegio se desvanecieran a toda velocidad calle abajo dejando al pobre X sólo ante el peligro. 

Afortunadamente para X el perro estaba atado con una cadena, y a pesar de que lo intentaba con todas sus fuerzas, no podía alcanzar a morderle o arañarle. Así que, por esa parte, no había peligro alguno. 

Sin embargo, la mirada del hombre mayor, su actitud, y su palo, no hacían presagiar nada bueno para X. El anciano se acercó a X.  y manteniéndose a distancia suficiente para descargarle un golpe con el palo, caso de ser necesario, le interrogó duramente:

-¿otra vez intentado entrar a robar?. Esta vez os he pillado in fraganti. Ya veremos que le cuentas a la Policía. ¡Tienes suerte de que el perro no esté suelto!, Si no, no lo cuentas...
Pero... tu no tienes pinta de ladrón. ¿que edad tienes, y que haces aquí?.

El pobre X, sintió unas ganas terribles de insultar a aquel viejo, incluso de liarse a puñetazos con él. Pero el palo que llevaba el hombre, así como la fiera actitud del perro le daba bastante susto. Asi que, como pudo, balbuceó entre lágrimas que el perro apasionaba a todos los niños del colegio por su belleza, y por el terror que les inspiraba. Le contó también como se había sentido obligado a saltar la valla por culpa del enfado tan grande que tenía con sus compañeros de colegio.


El anciano, bajando el palo, y deponiendo su actitud áspera para dedicarle una mirada amistosa,  le invitó a pasar dentro de la casa relajadamente.


- Anda, siéntate y charlemos un rato, y te contaré todo lo que quieras saber sobre Azuel y su mal genio.


Tras preparar un Colacao calentito  y un poco de pan con chocolate, se sentaron a la mesa de la cocina a charlar.


El anciano le explico a X que Azuel había nacido en Alaska. Su madre  y sus hermanos se habían muerto congelados una noche de tremendo frío. Y Azuel, se había salvado tan sólo por casualidad, pues unos exploradores habían pasado por allí y lo habían recogido abandonado cuando ya tenía varios meses de vida, habiéndo sobrevivido de verdadero milagro. 

Al parecer, según le explicó Zacarías, (que así se llamaba el anciano) al haberse criado prácticamente sólo, se había convertido en un verdadero superviviente. Y para ello, había aprendido a ser desconfiado, agresivo, irascible, peleón y hacerse fuerte antes de tiempo. Si no, hubiera sido comido por los lobos o por los osos polares que abundan en aquellas tierras. Por lo visto, cuando los perros - y las personas, también - pierden a sus madres mientras son aun jóvenes y tiernos cachorritos, se convierten en perros ariscos. Entonces, se les hace muy difícil relacionarse con los demás perros porque no aprendieron a relacionarse cuando era el momento oportuno para ello. También les cuesta mucho confiar en los demás perros y  en las personas, pues les tienen un miedo enorme. Cualquier persona o animal, significaba una posible amenaza. Y ante la amenaza, la mejor solución es atacar con la máxima violencia posible. 

Mientras X oía la historia, la pena por el pobre Azuel le invadíó. No le costó demasiado imaginarse al pobre perro, sólo en el mundo, luchando por sobrevivir en un mundo hostil, frío y lleno de peligros. Y le entraban ganas de llorar cuando pensaba en Azuel.

Mientras el perro reposaba tranquilo a los pies del anciano, éste continúo explicando  como conoció a Azuel en un viaje por Alaska. Tras haber sido recogido por los exploradores, Azuel vivió en un refugio de perros abandonados, aunque no era muy feliz allí, pues se sentía acorralado y asustado por los demás perros y cuidadores, de modo que tenía frecuentes  discusiones y peleas. Y como se peleaba con mucha frecuencia, los demás perros le mordían, y los cuidadores a veces le pegaban.

De hecho, el director del Refugio ya había decidido que Azuel nunca podría convivir pacíficamente con los demás perros, así que había decidido ponerle una inyección letal, y eso a pesar de que Azuel era el perro más listos y fuerte de todo el refugio. (Una inyección letal, para los que no lo sepan, es una manera de matar a los perros para que no sufran. Se quedan dormidos, y ya no despiertan nunca jamás.) 

Pues bien, aquella tarde Azuel se debió adivinar algo cuando vio acercarse al encargado de ponerle la inyección. El caso es que, en vez de ladrarle y enseñarle los dientes como acostumbraba, pegó un gran salto y empujándole, pudo escapar por un resquicio de la la puerta entreabierta huyendo a toda velocidad hacia la libertad blanca de la nieve. 

Y varios días después, Zacarías lo encontró en las montañas de Alaska, medio muerto de hambre y frio, pero aferrándose a la vida con voluntad de acero. Poco a poco, tras varios días de espera, Azuel fue aceptando la comida que Zacarías le ofrecía y así se fue acostumbrando al que había de ser su amo. Al principio, Azuel cogía la comida con brusquedad, y salía huyendo y no volvía hasta el día siguiente, pero poco a poco, fue acostumbrándose a tolerar la compañía de Zacarías y a comer de su mano.

El perro miraba atento las manos de Zacarías, mientras narraba la historia, dándo la impresión de escuchar, entender y asentir a cuanto se decía.

Cuando Zacarías decidió volver a su casa, Azuel fue siguiendo el trineo de Zacarías durante todo el camino de vuelta. Y cada noche, Zacarías le ponía un plato de camino junto al fuego, que Azuel devoraba bien a gusto. Y así, el perro - que no el amo -decidió acompañar a Zacarías de vuelta a su hogar y hacerlo su amo.

Desde entonces, Zacarías y Azuel habían llegado a entenderse bien y amarse, a su manera. Zacarías decía que, al contrario del resto de la gente, dónde los demás veían un perro malo y malvado, él sólo veía un perro con el corazón entristecido y asustado, que poco a poco, estaba aprendiendo a amar. Zacarías dijo: "Para mí, este perro es un héroe. Ha sido capaz de superar su miedo, y aprender a amar, al menos a mí".

Azuel miró a su amo, y movió el rabo con alegría como confirmando expresamente el amor que sentía por Zacarías.

X tenía una sensación extraña. Se sentía, de alguna manera, muy cercano a la historia de Azuel. Él también se sentía extraño y distinto a los demás. Él también tenía peleas con sus compañeros, profesores, padres y familiares. A él también le invadía la ira cuando se sentía rechazado o le llevaban la contraria. Y sobre todo, él también había sido abandonado cuando era un bebé, antes de ser adoptado por sus padres. Y aunque X no era propenso a llorar (no había llorado ni cuando se partió un brazo), una lágrima rodó por su mejilla.

De repente, pensó que si Azuel había aprendido a amar, no todo estaba perdido. El también podía aprender a amar mejor con la ayuda de su familia.  El podía vivir una vida mejor. El también podía ser un héroe.

Y algo extraño sucedió en aquel momento. El perro, abandonó a su amo, y acercándose a X, y le pegó un lametazo en la pierna, y apoyó su cabeza sobre los pies de X.

Entonces supo X que todo iba a salir bien.